Cada año, a fines de agosto, Abancay se transforma en un hervidero de carcajadas y nostalgia con la llegada de cientos de «chicas» que, impulsadas por sus gratos recuerdos, regresan para festejar el aniversario de su Alma Mater, el colegio Santa Rosa.
Desde varios días antes del 30 de agosto, la fecha central, proliferan las actividades. Paseos, comidas, fiestas, misas y más, donde las rosinas participan con mucho entusiasmo.
Algunas veces, las bellas damas son acompañadas por sus antiguos galanes, sus promociones paralelas del glorioso colegio Miguel Grau, quienes llegan con la esperanza secreta de demostrar que aún conservan algo del encanto que una vez las conquistó (aunque ahora venga acompañado de algunas canas, calvicie o barriguita cervecera).
Ayer, el autor de esta nota junto con algunos compañeros de colegio, tuvimos el honor, el placer y el privilegio de asistir a las celebraciones de la Promoción Juan Pablo II del colegio Santa Rosa que este año cumple sus «Bodas de Zafiro», atendiendo a la gentil invitación que estas hermosas damas nos enviaron, admitiendonos en su selecto festín de recuerdos.
La jornada comenzó con un silencio solemne, antes de que empezaran los brindis y las carcajadas y los pasos de baile, hubo un instante para el alma: participamos en una misa de acción de gracias, donde se elevaron plegarias por la amistad, por la vida que sigue y por las compañeras que ya partieron a otra fiesta, la eterna. Fue un momento de recogimiento que, como buen aperitivo espiritual, abrió el apetito para lo que vendría después: una velada cargada de música, risas y recuerdos.
Tras la misa, llegaron los saludos y los abrazos, recordándonos unos a otros con la delicadeza de los historiadores descubriendo tesoros. Luego vino un brindis íntimo, y allí afloraron memorias y anécdotas que sacaron sonrisas y suspiros, y hasta algunas confesiones que confirmaron que la adolescencia, aunque lejana en el calendario, sigue viva en la memoria como esas canciones pegajosas que no se van ni con exorcismo.
Ya en el salón, elegantemente adornado en tonos zafiro, la fiesta tomó el rumbo inevitable: baile, risas y buena mesa. El ambiente respiraba esa magia que solo poseen las décadas que han sabido envejecer con dignidad, como los buenos vinos y las mejores amistades.
Los integrantes de la Promoción 1980 del colegio Miguel Grau que estuvimos presentes, no fuimos muchos, pero fuimos los suficientes para dejar en alto el nombre de nuestro colegio y promoción, aplicando aquello de que «la calidad supera a la cantidad» —aunque admitimos que un poquito más de cantidad no hubiera estado mal—. Habría sido hermoso ver más caras conocidas y más entusiasmo.
En cambio, los que fuimos demostramos que la juventud verdadera no está en el calendario, sino en las ganas de pasarla bien, reírse de uno mismo y, por supuesto, de mover el esqueleto aunque protesten las rodillas.
La cena fue tan deliciosa como generosa, todo en su punto, cantidad y calidad (una recomendación especial para este local de la familia Espinoza en la Av. 28 de Julio, donde evidentemente entienden que la felicidad también entra por el estómago). También estuvieron muy bien las abundantes bebidas que la acompañaron, aplicando sabiamente el principio de que «el agua divide a los pueblos, pero el vino los une», como diría algún filósofo con buen gusto.
Como entremés hubo un excelente show unipersonal, un genial stand-up de Wilbert Delgado acompañado en la guitarra por Juan León, quienes nos recordaron que la risa es, efectivamente, la distancia más corta entre dos personas.
Y sí, lo mejor del menú fueron las carcajadas que llenaron toda la noche: esas que condimentan los recuerdos, que endulzan los silencios y que nos devolvieron al tiempo en que todo era posible y las preocupaciones más grandes eran si aprobaríamos matemáticas o si nos invitarían a bailar.
El ambiente ochentero fue nuestra máquina del tiempo particular. Hermosas canciones de aquella época dorada sonaron en los parlantes —ah, esos años cuando la música tenía alma, los sintetizadores eran reyes y las baladas podían durarnos toda una vida—, haciéndonos bailar hasta quedar exhaustos pero plenos. Porque si algo nos enseñaron los ochenta es que la vida, como una buena canción, debe vivirse a todo volumen y sin pedir disculpas.
Las anécdotas y los recuerdos, como siempre, florecieron entre brindis como jardines en primavera. Volvimos a reír con las historias legendarias, entre estas, las de las faldas rebeldes que subían centímetros mágicos al cruzar la puerta del colegio —demostración temprana de las leyes de la física aplicadas al arte del coqueteo—, y con la madre Miriam en su Volkswagen verde persiguiéndolas, como ángel de la guarda con vocación de detective.
No fuimos los únicos en esta aventura temporal. En distintos locales de la ciudad, promociones enteras celebraron también, como si el calendario hubiera decidido regalarnos un año de reencuentros masivos. En una especie de conspiración feliz, toda una generación volvió a bailar, a cantar y a brindar, convencida de que la vida siempre merece un paréntesis festivo y de que, como decía Chaplin, «cada día sin sonreir, es un día perdido».
Estos momentos festivos tan singulares y tiernos nos dejan una certeza luminosa: la edad real no está en las arrugas —que, dicho sea de paso, son simplemente mapas de nuestras sonrisas—, sino en las ganas de emocionarse. Mientras haya una canción que nos mueva los pies, mientras existan amigos capaces de arrancarnos carcajadas y recuerdos que nos hagan suspirar, seguiremos siendo eternamente jóvenes, aplicando aquella sabia máxima de que «no dejamos de jugar porque envejecemos, sino que envejecemos porque dejamos de jugar».
La verdadera hermosura de la mujer no reside en la tersura de su piel ni en la ausencia de surcos que el tiempo cincela, sino en esa luz interior que se derrama luminosa a través de sus ojos y florece en la música de su sonrisa. Porque las líneas que marca la vida no son sino el mapa de sus alegrías, el testimonio silencioso de sus amores y la huella noble de su sabiduría, mientras que su mirada sigue siendo el espejo cristalino donde se refleja la belleza eterna de su alma.
Gracias, queridas compañeras y amigas de Santa Rosa, por regalarnos misa, brindis, cena y fiesta, todo servido con cariño y alegría, y por recordarnos que la amistad es el único cemento que jamás se agrieta. Y, como manda la reciprocidad bien entendida y las buenas costumbres entre caballeros, desde ya queda la invitación: en octubre será nuestro turno, los miguelgrinos, de celebrar con la misma pasión nuestra propia fiesta del alma.
Porque al final —y esto lo sabemos bien, lo hemos comprobado en cada arruga ganada y cada carcajada compartida— lo que importa no son los años que hemos acumulado, sino la vida, el humor y la alegría que hemos sabido poner en cada uno de ellos. Como diría Oscar Wilde, «no hay nada como la risa de un viejo amigo», y nosotros somos la prueba viviente de esa verdad eterna.
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